Un fulgor, acaricia mi frente
con un peso de influjos sonoros,
son su luz y sus ecos tesoros
que con fuerza embriagan mi mente.
Con un ángel que mira riente
a las manos me llena de oros
crepitando su luz en mis poros,
el poema surge transparente.
Yo escribo con voz cantarina,
su argumento mi pluma le implora
y el me dicta con voz cristalina.
En contacto mi alma adivina,
el anuncio que mi ser adora,
como musa de gracia divina.
Esa esquina que no tiene nombre de calle
-
Y de repente
estaba allí.
No llegó caminando, no llamó a la puerta.
Apareció
como una grieta en el suelo que no viste venir,
carátula ro...
Hace 12 horas






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